VISITA AL RODAJE

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Visita al rodaje.

 

La semana pasada asistí al rodaje de Incierta Gloria. Llegamos por la noche, la noche a punto de caer sobre un cielo aragonés tan nítido que casi parecía más palpable que el suelo que pisábamos. Acurrucado debajo, en el espacio encogido de unas trincheras, había uno de los escenarios de la película. En aquel madriguera -era la sensación que producía la zona de rodaje- se movían sin interrupción cerca de cien personas, técnicos de todo tipo equipados de pies a cabeza como una cordada de escaladores. Hay que decir que llegábamos en mal momento: uno de los dos cámaras, lo que llevaba el equipo a la espalda, se acababa de romper una pierna bajando los escalones de la trinchera. Aunque por supuesto le rodeaban esperando la ambulancia, alrededor seguía el movimiento, hormiguero siempre en acción, adaptándose a los accidentes y los imprevistos.

 

Después de cenar con cincuenta soldados -la escena era curiosa Isona nos avisó que continuaban el rodaje. Nos metimos de puntillas en las trincheras para ver de cerca la escena siguiente. Espiàvem los actores para la apertura de uno de los escondites. "Sí, señor!" íbamos sintiendo mientras Oriol, dentro de la trinchera, levantaba la mano haciendo un salud militar. Desde fuera, casi me parecía asistir a aquellos juegos en los que los niños, en un rincón del patio, se inventan películas enteras. Pero cuando subimos a ver el rodaje por la pantalla de control, aquel espacio tan recogido y menudo se volvió de golpe inmenso, solemne. Agustí tenía cuidado de no filmar ángulos, por no cortarlo, y clavaba la cámara a las caras inquietas de los soldados, creando la impresión de un fuera de campo mucho más amplio de lo que en realidad era.

 

De repente entendí que el cine también era ingenio, magia invisible. El Mèlies, ahora que lo pienso, fue un gran ilusionista. Las películas no se ruedan en inmensidades, sino que consiguen hacernos imaginar inmensidades detrás de la ventana pequeña por donde las miramos. En el otro lado de la ventana está el runrún humano que conocemos, un inteligente equipo de hormigas que dibujan panoramas.

 

Aina Bonet, bisnieta de Joan Sales.